No hace mucho tiempo fue que caí en cuenta que las ideas políticas existentes que más se adaptan a mi manera de pensar son las ideas liberales. Empecé a informarme sobre ellas solo hace unos ocho años y entendí con mayor claridad por qué jamás y nunca alguna agrupación política pudo provocar en mi, tan siquiera algún minúsculo entusiasmo.

Por alguna razón ligada más a la intuición que a mi nula sabiduría política, nada de lo que se exponía en discursos, charlas, mítines e incluso en eslogan, se acercaba a mi forma de ver el mundo. Todas las veces que voté — porque nunca falté a la cita — lo hice muy desorientado y siempre en contra de los partidos tradicionales.

Había algo más bien parecido a un cuerpo extraño que simplemente nunca estuvo en sintonía. Ahora lo sé: era el socialismo. Y es que aunque mi recuerdo lo perciba en principio como Populismo — palabra que también entiendo mejor recién — esto es simplemente una táctica mediante la cual se siembra en la mente de los ciudadanos que el Estado es quien te va a resolver la vida. Tú tranquilo.

Claro que detrás de esto lo que se esconde es la intención de abrogarse la prerrogativa de ser quienes puedan decidir por los demás, con el dinero de los demás y en el proceso reservarse las mayores ventajas posibles para sus partidarios y entorno. Muchas veces “resolverle la vida a los demás“, en realidad significa para los políticos “vivir de los demás“.

Ahora que comprendo mejor los planos y las teorías políticas, siento una profunda desazón al percatarme que los cambios que aspiraría en el mundo político latinoaméricano — por circunscribirlo al área que me afecta directamente — me temo que no los presenciaré. El arraigo de las ideas socialistas tienen a su favor la ignorancia y gozamos de gran abundancia en ese sentido.

En Venezuela no se conoce un partido liberal. Todos los partidos son socialistas, es decir, todos consideran al Estado como el principio y fin del país. Todos dicen tener como norte la felicidad que ofrece el Estado de Bienestar que solo ellos pueden lograr. Es tanta la tradición populista-estatista, que no logro imaginar cómo sería una campaña de un candidato liberal.

¿Acaso es viable una candidatura liberal por estos lados del planeta? ¿Qué se diría para entusiasmar a las masas ávidas de regalías, prebendas y golilla para procurar sus votos? Habría que mentir. Si bien una baja en los impuestos gana adeptos, su consecuencia directa — menos presupuesto para fines clientelares — estrellaría inmediatamente el auto candidatural contra una pared.

Voy más allá… ¿existe un político que abrace genuinamente las ideas liberales? Cabe la pregunta dado que los liberales deseamos un Estado lo más pequeño posible, sin mencionar a los que prefieren que no exista. O sea que quien asuma la magna tarea deberá trabajar duramene para quitarse presupuesto y como fin último quitarse poder, debilitarse todo lo que pueda. Parece un contrasentido, por no decir una tamaña tonteria.

¿Cómo implementar un gobierno liberal? Quiero decir Liberal de verdad. Que desmonte la burocracia innecesaria, privatice todas las empresas del Estado — que nunca han debido existir — y concentre su acción en la justicia, la seguridad, la educación y la salud, por ejemplo. Asumiendo además una nada fácil privatización que tendrá que ser pulcra y cristalina, de la cual se obtengan recursos importantes, evitando a toda costa que se convierta en un vulgar reparto entre amigotes.

Una cosa es ser un académico, un intelectual o un pensador y otra dedicarse a la política. Para aspirar al poder generalmente el político debe pasar años en el ruedo antes de ganar el apoyo de sus partidarios y convertrse en candidato. Tendrá  que ser una persona extremadamente excepcional para que después de los sacrifcios que esto implica, se dedique a convertir su recién estrenado “restaurant de lujo“, con presupuestos mayúsculos, en apenas un “pequeño mostrador“. Un auto “downsizing” poco probable.

¿Será que la acción liberal es tan utópica como la socialista? Son necesarios verdaderos paladines iluminados que no caigan en la tentación de arrellanarse en la abundancia que rodea al poder para llevar a cabo tales reformas. La historia nos enseña que sin los incentivos necesarios esa tarea será cuesta arriba. ¿Que incentivos más allá de los morales ofrece la opción liberal para tales fines? Me quedo sin respuestas.

No desdeño para nada los resultados que las políticas liberales pueden producir, pero con una población habituada a medrar del Estado se corre el riesgo de pasar por situaciones de ingobernabilidad y desestabilización provocadas o espontáneas. Habrá que producir resultados palpables en corto tiempo para afianzar los tremendos cambios a realizar.

De esto último se desprende algo más: ¿Cuánto tiempo tomarán esas reformas? ¿Habrá que perpetuarse o intentarlo para concretar los objetivos?  Lo deseable es que el impacto de los resultados entusiasmen a los ciudadanos y se produzca el destete del Estado propiciado por el achicamiento del mismo y sus entonces limitadas influencias sobre la sociedad civil.

No hay discusión que el desafio es inmenso y muchas son las dudas que surgen — al menos en mi — para armar una propuesta que abarque todos los aspectos, incluyendo la dificil tarea de difundir las ideas libertarias, quizá no como las mejores, pero si como las más sensatas y realistas.

Esto sin mencionar la aparición de los personajes que lo lleven a cabo. No los veo aún en el horizonte.

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