Creo que todos podremos estar de acuerdo en que la condición natural del ser humano es la miseria. Aún cuando se nazca en cuna de oro, esos bienes no le pertenecen al recién llegado crío. Eventualmente podrá heredar de aquello, pero en principio apenas cuenta con el organismo que le permite la vida. Algo similar o quizá peor ocurre en el terreno cognitivo. Y es que todos somos ignorantes al venir a este mundo.

Como vemos la condición económica puede tener un atenuante dependiendo de la familia entre la cual se nazca. Para la ignorancia no hay remedio. Es nuestra irremediable condición natural. Solo si tenemos el interés de ilustrarnos, con el tiempo podremos aliviar este déficit.

No pretendo decir que la mayoría prefiere mantenerse en la ignorancia — no manejo cifras estadísticas al respecto –, pero si digo que poquísima gente se preocupa por adentrarse en el estudio de la ciencia social económica, no creo estar incurriendo en una falacia.

Economía en la primaria.

El conocimiento de lo económico debe ser un tema a tratar desde la educación primaria. No cabe ninguna duda que es un tópico transversal a cualquier oficio o profesión que se escoja, bien sea en el área de las ciencias o las humanidades.

Todos sin excepción vamos a lidiar con los vaivenes de la economía. La gran mayoría cuando nos incorporamos al sistema productivo — bien sea como empleado o como emprendedor — no tenemos la más remota idea de cuáles son las reglas del juego.

Es como si de pronto te pusieran a jugar al Cricket sin haber tenido nunca una paleta en la mano y sin saber ni siquiera de que se trata. Además esperando que tuvieses un desempeño sobresaliente. No va a pasar. Solo luego de muchos años — y con mucha fortuna — es que alguien empieza a entender verdaderamente la economía.

¿Todo este preámbulo que tiene que ver con el socialismo? Mucho. Y es que la mayoría de las personas que ignoran las bases de la dinámica económica piensan que hay un ente que está destinado a resolver los problemas que en este sentido enfrentan: El Estado.

Otorgarle al Estado la capacidad de mejorar la situación de una población, es el prefacio al servilismo y así lo escribió — con acertada premonición — Friedrich Hayek en 1944, en su famoso libro “Camino a la servidumbre”.

La cultura de la “golilla”.

Cuando esta forma de pensar predomina, propicia inexorablemente que prolifere la existencia de ciudadanos irresponsables, incapaces de hacerse cargo de sus vidas. La cultura de “la golilla” se instala y se crea un círculo sumamente vicioso. Ha iniciado la desnaturalización del Estado para beneplácito de la corrupción.

El Estado nace de la necesidad de administrar los fondos públicos para brindar la posibilidad de vivir en comunidad. Inevitablemente el ser humano está destinado a vivir en sociedad. Esto tiene un costo que cada uno debe cubrir. Hasta ahí vamos bien. El problema se asoma cuando ese administrador se adueña de todo y convierte su rol en “Señorío”. El conserje se apropió del edificio.

Pero la ignorancia es la que lo propicia. Nada es gratuito y luce tan evidente que pareciera innecesario recordarlo, sin embargo cuando la gente exige a un gobierno que engrose cada vez más la concesión de derechos positivos, sin ninguna duda está actuando bajo efectos de la más supina y peligrosa ignorancia. No sabe ni remotamente lo que le espera.

Más derechos implica directamente más recursos. ¿Y de dónde saldrán los recursos? ¡Si, del bolsillo de todos! más impuestos o más dominio. Lo que sucede es que la ignorancia provoca el efecto de realismo mágico en donde se piensa que lo que proviene del gobierno no nos cuesta. Se pierde de vista que todo lo que existe alguien lo produjo y si lo quieres debes costearlo de alguna manera. Cualquier otra cosa será un robo.

Otro agravante a la inconsciencia que concede la ignorancia, es que los políticos de todos nuestros países la han aprovechado para sembrar la idea de que El Estado debe poseer lo que llaman las “Empresas Estratégicas”, que al final terminan siendo todas aquellas que ellos consideren que son tales.

Nacionalizar es la orden.

Igual pueden meter en esta lista a la actividad de los hidrocarburos, como a una fábrica de bicicletas en los Valles del Tuy. En realidad lo que cuenta es ir más allá de la recaudación de impuestos y hacerse de los ingresos directamente. Nacionalización a discreción es la orden.

Un grupo de personas que inicialmente los elegimos para que administraran unos recursos, ahora son los dueños de los recursos. Claro que la promesa es que ellos se desvivirán para lograr el loable propósito de eliminar la pobreza y hacernos felices (¿WTF?). Todo esto se hace terriblemente sospechoso cuando vemos el porcentaje que representa en el gasto público lo destinado a educación.

¿O es que acaso engrosando las partidas del intocable y sagrado “gasto social” y desdeñando dar la oportunidad para que cada quien produzca lo que necesita haciendo hincapié en su capacitación, llegaremos a buen puerto en ese sentido? No lo creo. El resultado lo experimentamos hoy a punta de terrible escasez, extrema miseria, grosera hiperinflación, todo a ritmo de cajas CLAP: 100% servidumbre.

Cuando — aunque sea mínimamente — nos atrevemos a adentrarnos en los conceptos básicos de la economía, se empiezan a caer los paradigmas socialistas y en general los que denominan malamente “progres”, para conocer el trasfondo que se esconde entre la política, sus intenciones y la realidad. Todos queremos que la humanidad prospere, pero unos deseamos que sea a través de que cada vez más gente agregue valor y otros sueñan con prosperar medrando de los demás.

La capacidad coercitiva del Estado es el escudo perfecto para que la casta política que no tiene vocación de servicio sino de poder, se atrinchere y desarrolle su estilo de vida siempre a costa del erario público. De allí nace la corrupción y las “alianzas” con el empresariado inescrupuloso, para delinquir bajo el manto protector que ellos mismos se otorgan.

El despilfarro y la corrupción es directamente proporcional al tamaño del Estado. A mayor Estado, mayor corrupción. Y eso si lo saben los políticos que en cada periodo nos explican el por qué es necesario tal o cual nuevo ministerio, por supuesto siempre en procura desinteresada de nuestra máxima felicidad (aquí vendrían los rabiosos aplausos).

Otra coartada que no falla dada nuestra ignorancia, es la conseja de la bendita igualdad social. ¡Por favor! La promesa de que el Estado tiene la competencia para redistribuir el ingreso de tal manera que reduzca las brechas que por naturaleza siempre han existido y siempre existirán. En el fondo de lo que estamos hablando es de incautación de recursos a los ciudadanos que no pocas veces se usa para fomentar el proselitismo o — lo que es lo mismo — la extorsión político-partidista.

El socialismo se cura estudiando.

En la medida que una persona empieza a llenar el ignorante vacío en lo  económico, se da cuenta muy rápidamente que nunca podrás consumir más de lo que produzcas, a menos que lo robes. Es decir que la única forma moral en la que puedes procurarte más elementos materiales, es producir más. Poner al servicio de los demás tus habilidades y talento para generar bienes y servicios apreciados por los demás, y así lograr mayores ingresos.

Decretar más y más derechos sin tener un plan concreto para contar con los recursos necesarios es por decir lo menos una irresponsabilidad. Aumentar el gasto público sin que esto tenga una contrapartida en nuevos ingresos, tiene explicación solo en el ámbito del deseo de dominio, del populismo incensato, del ansia de poder, no de servir.

Total, si no se cuenta con lo necesario — como sucede la gran mayoría de las veces — entonces queda el perverso “as” bajo la manga de producir dinero inorgánico, lo que casi equivale a falsificar dinero, lo único es que lo hace la autoridad.

Ese dinero falso lo pagaremos más temprano que tarde con inflación desmedida, pero siempre lo negarán y culparán a productores y comerciantes de especuladores, perversos, inmorales y alguna otra cosa si hace falta. Gracias a la ignorancia nadie entiende nada, así que los pillos estarán a buen resguardo y seguirán en la pomada. La ignorancia ajena es la más segura trinchera.

Los hombres probos a medida que avanzan en edad y aunque no se eduquen profundamente en el mundo de la economía, académicamente hablando, empiezan a girar por simple sentido común y abandonan las posturas socialistas-comunistas de antaño. Muchos son los casos.

Solo los que han cultivado su estilo de vida contando con la “teta” infinita del Estado, se aferran fieramente a sus anacronismos y hasta la muerte mantienen sus insostenibles tesis, a pesar de que la realidad los refute claramente a diario y en todos los rincones del planeta.

Muchos de ellos alegan el gran amor que profesan por los desposeídos, y no es para menos ya que son los que le garantizan sus prebendas. Por otro lado aseguran que son los adalides de la solidaridad pero siempre con dineros ajenos y no pocas veces los vemos siendo particularmente muy generosos con su entorno. Solidaridad focalizada, diríamos.

Solo cuando nos ocupemos de la educación en esta materia desde temprana edad e implementemos cursos regulares en el sistema educativo que aborden el tema económico, empezaremos a deslastrarnos de las ingenuas ideas y de los parásitos con morrales repletos de falsas promesas. El manido Simón Bolívar lo dejó por escrito: “Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción“.

¿Qué tal si nos ilustramos?

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