Los que me conocen quedarán atónitos con el título de este escrito, pero parece haber llegado un momento que requiere de nosotros incursionar en el terreno de la violencia para ejercer el sagrado y legítimo derecho de la defensa propia. Todos los que medianamente hayan compartido conmigo no podrían acusarme de “guerrerista”, sin embargo estamos en un momento histórico apremiante.

Ha quedado fehacientemente demostrado que los individuos que han secuestrado el país no entienden de razones y están dispuestos a recorrer todos los caminos – por enlodados y sangrientos que se presenten — en el oprobioso propósito de mantenerse de por vida atrincherados en las instituciones que favorecen sus actividades delincuenciales.

Ya hemos perdido la cuenta de los intentos democráticos y diplomáticos que se han llevado a cabo desde todos los que adversan a la mafia gobernante. Insólito resulta que no haya habido hasta el momento una importante y mayoritaria manifestación de parte de las Fuerzas Armadas. Y ya les venció el plazo para hacerlo. 100% bochorno.

Lo ocurrido en los distintos puntos de las fronteras con Brasil y Colombia en el día de ayer no deja lugar a dudas. Toca tomar medidas que cualquiera pudiera pensar que provendrían de personas proclives a la violencia, no obstante de ninguna manera es así. Es un momento en que habría que evaluar la desintegración absoluta de las Fuerzas Armadas. Completa y absoluta. Ya no son de fiar. Hay que asumirlos como parte del problema en su conjunto.

Toca eliminar el argumento legal que sostiene las Fuerzas Armadas anunciando su disolución.

Hecho esto quedarían todos como parte del imperio del latrocinio que ocurre en nuestro territorio y queda deslegitimado el uso de la fuerza y las armas de parte de cada uno de sus miembros. Quedarían de esta manera emparejados a los colectivos que salen a asesinar ciudadanos, convertidos de ahora en adelante en paramilitares.

Lamentablemente en este escenario solo resta una opción para los que luchamos por la libertad. Solicitar que fuerzas multilaterales hagan lo necesario, ocuparse de la septicemia, dando paso finalmente a una transición democrática. Por supuesto que esto no era, ni es, lo deseable. Dejará profundas huellas en el colectivo y entorpecerá mayúsculamente el porvenir, sin embargo la situación no va dejando muchas opciones que no contemplen el uso de la fuerza.

La delincuencia profesional generalmente hay que someterla. Los aficionados o inexpertos delincuentes negocian, se amilanan, se cohíben, se amedrentan. Los profesionales no. Y los nuestros son más que profesionales, expertos internacionales. Robar miles de millones de dólares no es jugar carrito, como ya lo ha dicho alguno de ellos. Hay que actuar en consecuencia.

La miseria infligida a la población venezolana tampoco es juego de carritos. La gente muere. Los niños mueren. Los adultos mayores también. La perversa estrategia de aupar la hiperinflación es una manera súper efectiva de someter a cualquier sociedad, más si se trata de una con la cultura latinoamericana, que para nuestro pesar, piensa que el centro del mundo es y debe ser el Estado.

Hay un detalle que no hay que dejar pasar y es que la comunidad internacional no puede tratar el caso Venezuela aisladamente, es decir, es menester entenderlo en toda su dimensión incluyendo como epicentro del problema el régimen de La Habana y sus satélites aún activos que funcionan en Nicaragua y Bolivia.

No basta ocuparse de Venezuela.

Es como si en un secuestro solo se penalizara al custodio del secuestrado. ¿Y el que ejecutó el secuestro? ¿Y el que lo planeó? ¿Los que se benefician del rescate?… ¿Acaso no merecen castigo? No hay manera decente de ignorar la influencia y el grado de complicidad de los abyectos gobiernos de estos países. Si Cuba sobrevive la crisis venezolana, el germen sigue vivo.

Es algo de simple lógica considerar todo como parte integral de un mismo problema, y que hay que resolver en el marco de una misma acción. Asumirlo de otra manera es perder el foco y resolver solo una parte del delicado asunto. Llegó el momento de erradicar la franquicia con fachada pseudo izquierdista, que pretende expandir la miseria en el continente, usando la institucionalidad democrática como trinchera inmoral.

Al hablar de invasión nadie puede estar de acuerdo, sin embargo no hay que perder de vista que ya estamos invadidos. Y si toda invasión es odiosa, cuando los invasores son delincuentes dedicados al contrabando, al narcotráfico, al secuestro, al robo descarado del dinero público, a la depauperización de todo un país para garantizarse su eternización en el poder, no vale orgullo patrio como argumento para no permitir ayuda militar.

S.O.S. Venezuela, S.O.S. Latinoamérica.

No cabe duda que ese escenario abrirá puertas desconocidas en nuestro inmediato porvenir que son difíciles de evaluar y valorar, sin embargo son medidas extremas que son inevitables a estas alturas. Hemos preconfigurado – directa o indirectamente – nuestro destino como país, al darle tantas alas a este grupo de antisociales que se han apropiado del país junto a sus secuaces extranjeros, amparados en el caldo de cultivo que lamentablemente subyace en nuestra cultura de la golilla. Lo cierto es que ya la soberanía está afectada gravemente.  

Estimamos sobremanera los esfuerzos de los políticos de oposición que — de buena fe — hasta ahora hayan procurado una resolución pacífica, aunque incluso muchos de ellos han sido víctimas de la violencia que esta gente ejerce placenteramente. No obstante lo de ayer en el intento de hacer entrar la ayuda humanitaria, es evidencia contundente que hay que empezar a actuar en otro tablero.

 Se han dado pasos agigantadas en la salida de esta terrible experiencia que nos ha tocado vivir en esta tierra de gracia. Los desmanes, las muertes y los heridos que lamentablemente figuran como saldo en el día de hoy, ocurridos ante las narices de la comunidad internacional, debe ser el detonante de acciones de otra naturaleza que pongan fin a esta larga noche que ensombrece ya desde hace tanto a nuestra nación.

Lo siento. A prepararnos para la guerra. “Españoles y canarios…

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