Casi todas las naciones – con muy pocas excepciones – se esmeran en preparar un cuerpo militar que garantice la integridad del Estado y defienda a sus ciudadanos ante amenazas externas. Son profesionales de la violencia al servicio del contrato social vigente, en los que gastamos importantes volúmenes del presupuesto nacional.

Desde que Juan Vicente Gómez entendió la necesidad imperiosa de profesionalizar lo que hasta entonces eran expresiones de montoneras y alzamientos improvisados, hemos invertido ingentes recursos para contar con unas Fuerzas Armadas que velen por nuestro territorio y que hagan cumplir en toda su superficie el imperio de la ley.

Cada profesión tiene sus exigencias y para ejercer cada quien cumple con ellas, luego de elegir libremente la actividad a la que desea dedicarse. Los militares, si bien deben cumplir con una carga académica, se supone que optan por tal profesión por ser individuos especiales, considerando que juran dar la vida — de ser necesario —  en el ejercicio de sus actividades.

Ser militar no es lucir un vistoso uniforme.

Ser militar no es lucir un vistoso uniforme ni creer que es una posición privilegiada desde la cual disfrutar prebendas. No es así. En cambio es quizá el más alto servicio que se presta a la sociedad. Los que no estén dispuestos a dar la vida deben estudiar cualquier otra cosa, porque dar la vida y en general correr riesgos extremos, es inherente a ser oficial de cualquier ejército.

Es por ello que sinceramente pienso que lo más sensato en la situación venezolana es eliminar las fuerzas armadas en su conjunto. Hasta el momento de escribir estas líneas han dado muestras de completa y absoluta incompetencia para las funciones que los venezolanos les hemos asignado y que figuran en la constitución vigente.

Aunque su decadencia viene evidenciándose desde hace ya varios años, a estas alturas el bochorno es inocultable. La corrupción inducida por los cuadros políticos-delincuenciales del chavismo dentro de estamento militar, inició la tarea de desnaturalizar y envilecer a su alto mando, tarea en la que debemos reconocer han tenido un tremendo éxito.

Luego de esto, politizarlos – o hay que decir envilecerlos –, lamentablemente fue muy sencillo. Una vez unido a la mafia, la solidaridad es cuestión de supervivencia. La lealtad militar se inclinó fácilmente a la marea roja, montados sobre las enormes cantidades de dinero manejadas a discreción. La rebatiña había iniciado.

Patria, socialismo o muerte, ¡Venceremos!

El famoso – por lo funesto — Plan Bolívar 2000, fue el proyecto piloto para declinar la poca o mucha moralidad que haya existido para el momento en las Fuerzas Armadas, a cuyos miembros se les empezó a involucrar en tareas impropias a la naturaleza de este cuerpo. Pero con el atractivo de recursos sin límites y sin control, el apresto militar se esmeró.

El rol de pionero recayó sobre el General Victor Cruz Weffer y su entorno, quien seguramente obnubilado ante tanto dinero (el equivalente a unos 115 millones de los verdes), olvidó exigir la respectiva contraloría y en breve quedó completamente enlodado y susceptible al chantaje escarlata.

Uno a uno fueron mordiendo anzuelos disfrazados de grandes obras sociales, hasta que las crecientes riquezas mal habidas ya no daban chance a la sinceridad. Ya en 2007 el mencionado mozuelo descollaba en los Panamá Papers por empresas registradas en paraisos fiscales.

De allí en adelante fue muy sencillo que los que antes exhibían cierta ecuanimidad ante las tentativas políticas, se asumieran plena y desvergonzadamente socialistas, gritando con su cara bien lavada el bendito “Patria, socialismo o muerte, ¡Venceremos!”, declarándole la guerra a todo aquel cuyo color de camisa fuese distinto al carmesí.

En los años siguientes hubo un desplazamiento nunca visto de los civiles a favor de los militares en las más variadas funciones. Militares en salud, militares en servicios públicos, militares en las empresas básicas de Guayana, militares en comunicaciones, militares vendiendo pollos, militares repartiendo verduras, militares hasta en la sopa.

¿Qué se hizo ante los primeros cubanos con don de mando?

¿Cuántos de ellos se manifestó cuando el problema era manejable? Evidentemente no los suficientes para detener la locura. Ahora se nos dice que están de manos atadas porque los cubanos predominan ¿Acaso no lo vieron venir? ¿Alguno alzó suficientemente la voz al punto de poner en riesgo la vida en pro de evitarlo? No lo sé.

Todo esto sin contar con las presuntas implicaciones – declaradas en cortes norteamericanas por cómplices arrepentidos – que miembros de las altas jerarquías tienen con el narcotráfico y/o lavado de dinero proveniente de la más amplia gama de delitos. No en balde se pregona que para trabajar con el gobierno es muy conveniente contar con un robusto prontuario.

En cualquier escenario ya las débiles fuerzas armadas no son de ninguna utilidad. Incluso ahora que se promulga una ley que les tiende una mullida alfombra para que reaccionen y se amparen en consideraciones judiciales especiales a cambio de poner en orden la casa, tienen dos meses inermes.

Ya demasiados civiles han dejado el pellejo en el asfalto sin que se produzca una rectificación. Ya no veo valor alguno en afrontar un gasto tan mayúsculo sin ninguna contraprestación. Simplemente es un fraude.

No dudo que hay excepciones, pero excepciones no es lo que esperamos los venezolanos – ni cualquier ciudadano de cualquier país – de nuestros militares. Esto debe ser la impronta de un ejército, no su comportamiento excepcional. Es por eso que caigo en cuenta que la gran mayoría de ese personal se dedicó a esto por las razones equivocadas. Es la única forma de justificar este desmadre.

Quizá más adelante, bajo otras circunstancias.

Y que me perdonen los que verdaderamente sienten una vocación auténtica. Quizá más adelante, bajo otras circunstancias, pueda recomponerse mejorando el reclutamiento y reuniendo gente honorable que además de la preparación de rigor, entienda a lo que se enfrenta y estén dispuestos a alzar la voz, plantarse con firmeza y ,de ser necesario, poner en riesgo la vida, para preservar la institucionalidad y la República.

Estas no son condiciones de excepción sino lo mínimo que debemos exigir para que se justifique tamaña inversión. Mantener a un grupo de pusilánimes que deberían dedicarse a cualquier otra cosa en el sector privado, no tiene ningún sentido. La actitud generalizada– por acción u omisión – los convierte en cómplices y se han ganado en buena lid el merecido desprecio y repudio de los civiles que damos cuenta del inocultable bochorno.

En un futuro cuando se analicen con frialdad las causas de esta mancha nacional que amparó el mayor robo realizado en la historia de la humanidad, que se prolongó más allá de lo aceptable, que ha provocado el quiebre de la soberanía al tener fuerzas cubanas influyendo en las instalaciones militares y que habrá provocado las secuelas que deje la transición – que de paso siguen apostando a que sea violenta –, sin duda la responsabilidad la ostentará en alto grado las oprobiosas fuerzas armadas, autollamadas “bolivarianas”, que se pusieron rodilla en tierra a favor de la destrucción del país.

Falló estrepitosamente la costosa contención al mal.


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